AVENTURAS EN BICICLETA ALREDEDOR DEL MUNDO

Mi primera entrevista

Levante

 

 

Sábado, 17 de junio de 1995
Sábado, 17 de junio de 1995

 

Martes, 6 de diciembre de 1988

 

       "Como mucha gente me quedé prendado cuando vi las primeras imágenes del París-Dakar. Y como tantos, empecé a ilusionarme en poder participar algún día en el "rally". Cubrir ese trayecto escapaba de mis posibilidades reales. De entrada no tenía ni moto, ni carnet, pero en un arranque de inconformismo decidí hacerlo como fuera. Me gustaba el deporte y tenía una bicicleta de carreras, y así fui".

Un alcacerense realizó 7.318 kilómetros por el corazón de África

 

Valencia-Dakar en "bici" durante 3 meses

       Ricardo Hernández es un joven de 26 años, de aspecto inquieto y terriblemente comunicativo. Dedicado profesionalmente a la docencia en el Centro de Educación Especial de Alzira, trata de saciar su sed de aventura «durante aquellos meses en que puedo permitírmelo». Su pasión por la aventura no está motivada por lograr una gesta únicamente accesible para un determinado tipo de personas, sino por sacar a flote ese grado de inconformismo que se hace plausible en una minoría.
       Para Hernández, el dicho chino de que «un viaje de mil millas comienza con un simple paso>> es algo más que un proverbio, y «cabe hacerlo realidad».
       «Como mucha gente me quedé prendado cuando vi las primeras imágenes del París-Dakar. Y como tantos, empecé a ilusionarme en poder participar algún día en el "rally"», declaró el aventurero.
       En una primera instancia comprendió que la prueba en ruta más peligrosa y apasionante, ideada por el trágicamente desaparecido Terry Sabine, «escapaba de mis posibilidades reales. De entrada no tenía ni moto ni carnet pero en un arranque de inconformismo decidí hacerlo como fuera. Me gustaba el deporte y tenía una bicicleta de carreras», que compró estando haciendo el servicio militar en Cádiz: «Era una forma de volver a casa».
       Los 7.318 kilómetros que realizaría cruzando el desierto, retando las tormentas de arena y otras dificultades los inició el último día del año. «El primer objetivo era conseguir llegar el día tres a El Oued, lugar donde se iniciaba la primera etapa cronometrada de la décima edición del París-Dakar. Sólo había que hacer 650 kilómetros con el Atlas de por medio, en cuatro días», y lo dice como si la distancia no le impresionara lo más mínimo.
       Las experiencias durante los tres meses y medio que duró su aventura, cruzando cinco países africanos, son dignas de un libro, que, según asegura, un día finalizará. «Llegando al Col des Deux-Basins cayó la noche. Después de ocho kilómetros de peligroso descenso en total oscuridad, llegué a Tablat; estaba totalmente helado. No había hotel y me indicaron que fuera al local de los bomberos. Allí me dieron de comer, una litera y hasta un masaje que me dejó como nuevo».

        Dátiles y agua

        El cambio de año lo pasó durmiendo tras la agotadora etapa. «El día siguiente lo inicié con dos caídas cuando descendía el puerto, pues el asfalto estaba cubierto de una capa de hielo, aunque tan sólo se me rompió el espejo y el cable del freno delantero». En su bolsa de equipaje, Ricardo portaba comida, fundamentalmente dátiles, y perfectamente acoplada a la bicicleta, dos botellas y una garrafa de plástico con capacidad para siete litros de agua.
A pocos kilómetros de El Oued conecto con los participantes de la París-Dakar: «Había conseguido una de mis ilusiones...» Tras 640 kilómetros de buen asfalto, «tuve que cruzar tramos de tierra suelta, alternados con otros tramos de alquitrán líquido; luego necesitaría cuatro litros de gasolina y un buen puñado de horas para limpiar la bicicleta», asegura con un tono apasionado.
       Cruzar el desierto fue para él una de las sensaciones más fascinantes. «Había tramos en los que las ruedas se hundían en la arena, lo que me imposibilitaba seguir pedaleando. En más de nueve horas sólo conseguí avanzar poco más de cuarenta kilómetros. No obstante -comenta-, cruzar una tormenta de arenaes de lo más apasionante, aunque existe el peligro de perderte en pleno desierto.»
       Durante varios días «no vi a ningún ser humano. Tan sólo escuchaba aullidos, presumiblemente de chacales». El primer contacto con varias personas fue poco menos que sorprendente. «En pleno desierto coincidí con un alemán y un francés, que llevaba más de un mes, al lado de un camión y un coche estropeado, a la espera de que sus compañeros consiguieran las piezas de repuesto. No podían ausentarse de los vehículos -aclaraba-, ya que quedaban expuestos a un saqueo».
       El décimo día del periplo por el desierto sin asfalto «me quedé sin comida y con tan sólo un litro de agua. Unos ingleses me suministraron un kilo de dátiles, que para más "inri" era "made in Irak" y comprados en Inglaterra».
       En Níger, según relata, pasó sus peores experiencias, las trabas de la policía eran constantes al llegar a cualquier pueblo: «Además, el calor se hacía insoportable. En un día me bebí más de doce litros de líquido».
       En cambio, su experiencia en Burkina Faso -antiguo Alto Volta- fue totalmente gratificante. El clima sabático y la amabilidad de las gentes de este país contribuyeron «a que tomara fuerzas de flaqueza y continuara el viaje. Había realizado cuatro mil kilómetros y me estaba resultando un tanto pesado», indica sin que se aprecie ironía en sus palabras. «Por suerte, en Burkina Faso di con un francés que tenía una fabrica de bicicletas y me pudo reparar totalmente el vehículo». En las pistas, posteriormente, del Senegal se constataba el paso del "rally". «No obstante, fue menos pesado que el desierto. La frontera del Senegal la crucé en compañía de un contrabandista de cigarrillos que venía en bicicleta desde Bamako e iba hasta Gambia a comprar tabaco». Por fin, Tambacounda, y dede allí, sobre un buen asfalto, hasta Dakar, el punto de llegada. «Lo conseguí el 11 de abril, y por la tarde compraba el billete de regreso, ya que al día siguiente tenía que reincorporarme al trabajo».

Alvaro Errazu

 




© Ricardo Hernàndez

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